Hemos analizado como se
encontraban las escuelas públicas de San Fernando en los primeros años del
siglo XX, según el informe del inspector,[1].
Cuando la Junta Local de Instrucción recibió el mencionado informe la réplica
de su presidente José Cellier Ortega, sería inmediata:
“… las escuelas no están bien pero
no con el pesimismo que manifiesta el señor inspector…Respecto a lo manifestado
de la escuela de San José no se puede estar conforme con lo dicho pues los
excusados tienen cónicos sinfónicos y poniéndole una mampara que tape el
cristal queda bien… En cuanto que no asisten niños a las escuelas públicas
porque van a las privadas no se puede estar conforme con el parecer del señor
inspector. A las escuelas públicas van los niños, algunos descalzos y otros
hasta sin camisa. A las privadas no van ninguno de esta forma y los padres que
tienen medios para ello no creen conveniente o no lo estiman oportuno que sus
hijo asistan a las públicas donde asisten los otros niños…”
Sin embargo, a la Junta no le extrañaría el informe de la
escuela de los Franciscanos[2]
porque Manuel Terrones, maestro que la regentaba había enviado previamente y por escrito la
situación de la misma:
“El local dedicado a la escuela
carece de las más elementales
condiciones higiénicas reclamadas a los edificios escolares por los pedagogos
más exigentes. Tratase de un local sombrío, casi lóbrego, rodeado de altas
paredes que impiden la llegada a la escuela de los rayos de sol; totalmente
desprovisto de patios que pudieran utilizarse para el recreo de los pequeños
alumnos, estrictamente reducido a un salón largo y estrecho de ventilación
insuficiente, en el que me veo obligado a retener a un centenar de niños
durante largas horas…”.
Desde luego el panorama de las escuelas públicas de San
Fernando en esta época era de lo más desalentador. No obstante, se reacciona
tratando de paliar un problema que, sin duda, dolía a la sociedad isleña y que
había descrito José Cellier en su contestación al inspector cuando mencionaba
que a la escuela pública van los niños,
algunos descalzos y otros hasta sin camisa. En efecto, se funda la
Mutualidad. Era una sociedad que la constituía de una parte, niños o jóvenes
alumnos y, de otra, personas adultas que con su dinero, trabajo o influencia
contribuían al fomento de las instituciones de enseñanza.
El acto
fundacional de la Mutualidad se realizaría en el Teatro de las Cortes el
nueve de febrero de 1915[3].
Su presidente era el Presbítero D. Pedro González y su vicepresidente el maestro Enrique Jiménez Cuenca.
Entre los fines de la Mutualidad estaban:
Fundar cantinas escolares donde
hallen indispensable alimento corporal los niños, que por su extrema pobreza,
dejan de asistir a clase, privándose así del pan espiritual de la educación e
instrucción porque la ley de la necesidad corporal, mas imperiosa que la que
establece la enseñanza obligatoria, los impele a buscar el sustento material
fuera de la escuela; y colonias escolares de vacaciones cuyo fin es procurar la
regeneración de la raza `por la cultura física y la vida colegiada de los niños
pobres y raquíticos en `pleno campo o en salutíferas playas durante las
vacaciones escolares.
Además concedía bonificaciones pecuniarias a los niños
que se distinguían por su comportamiento o por su perseverancia en asistir a la
escuela.[4]
Esta Mutualidad estaba sujeta a las disposiciones legales
vigentes en la época, en materia de Asociaciones y Seguros[5], y
trató de llevar la justicia social a aquellos individuos menos favorecidos
socialmente. Sería introducida en España por el Ministerio de Instrucción
Pública después de haber tenido éxito en algunos países europeos como Francia,
Bélgica o Alemania.
[2] Recordamos que esta escuela
había dejado de pertenecer a la Orden religiosa y era ya un local de propiedad
municipal.
[3] La reseña apareció en el Correo
de Cádiz del 10 de febrero.
[4] Páez Fernández M, Crónicas de
Educación. 1992, pp. 64-65
[5] Real Decreto del Ministerio de
Instrucción Pública de 7 de julio de 1911. Reglamento aprobado por orden del
propio Ministerio de fecha 11 de mayo de 1912.


