La primera escuela de propiedad municipal, las existentes
estaban en régimen de alquiler, sería el colegio de la “Placilla Vieja” o
Placilla que más tarde pasaría a llamarse Colegio Manuel Roldán (actualmente el
local está ocupado por la escuela de danza). En próximas entradas de este blog
comentaremos a qué se debieron los nombres de Placilla Vieja y Manuel Roldán.
Sería en el cabildo celebrado el veintiséis de abril de
1883 cuando se habló por primera vez de la posibilidad de construir un edificio
para alojar escuela de niños y niñas con casas para los maestros. Nueve meses
más tarde recibiría el Ayuntamiento el proyecto de la escuela, realizado por el
arquitecto provincial. Éste se basaba en el modelo oficial que, para ese fin,
tenía el gobierno aunque se apartaba un poco en lo relativo a la parte del
edificio reservadas para los maestros ya que aumentaba la superficie de este
ala de esta zona “… teniendo en cuenta
que si alguno de ellos o ambos son casados y tienen hijos, no es decoroso ni
moral que se vean éstos precisados a dormir en la misma alcoba ocupada por el
matrimonio…”
En la decoración
del edificio se seguiría la filosofía de dotarlo de un estilo que “…sin dejar su decoro como lo exige el
objeto a que se destina, esté desprovisto de esos costosos elementos de
decoración tan indispensables en unos edificios que han de revelar el lujo, la
ostentación y la riqueza…”.
Supuso
una originalidad el cerramiento del techo, que se proyectó en forma de tejado,
frente a los usos comunes de azotea. De esta forma se justificaba:
“La abundancia de la azotea tiene su
razón de ser pues tanto San Fernando como Cádiz escasean de terrenos y de corrales,
de ríos como en los pueblos rurales, no pudiendo efectuar el lavado de las
ropas más que en el propio domicilio sirviendo, en definitiva, las azoteas para
el lavado y sacado de las ropas, No militan por el contrario, en las escuelas
las razones que hacen tolerables las cubiertas de azoteas en las casas
particulares, sino que por el contrario, tratándose de un edificio en el cual
han de pasar los niños la mayor parte del día, se hace necesario anteponer las
sabias prescripciones de la higiene de los tejados a las demás consideraciones
ya que este tipo de cerramiento es regulador de los fenómenos atmosféricos,
alejando la humedad.”
El edificio
contaría, según el proyecto, “con un
patio de recreo en donde se construirían jardines a la inglesa que facilitaran
un ambiente puro y oxigenado a la par que acostumbrarías a los niños a respetar
las plantas.” De esta forma el diseño era pionero en unas circunstancias
ecológicas que cien años más tarde dilucidarían cuestiones de organización
escolar.
No se podía olvidar plasmar en el proyecto razones de
índoles educativas y en este sentido trataba de adecuar el edificio a las
normas referidas en este aspecto: “…Tendrá
el edificio una portería central que separa las entradas de los niños de las
niñas que deben ser independientes vestíbulos para ambas clases, cuartos para
gorros de niños y abrigos de las niñas, excusados y orinaderos situados de
manera que puedan ser vigilados por los respectivos maestros desde sus
plataformas…”. Desde luego este párrafo se contradecía con la filosofía de
renovación, en materia de coeducación, llevada a cabo por la Institución Libre
de Enseñanza[1].
Terminaba el proyecto describiendo la zona dedicada a las
vivienda de los maestros que contenían estas habitaciones: “Un gabinete de trabajo, sala alcoba para el
maestro, otra alcoba para los hijos si los hay, comedor, cocina con retrete,
fogones y fregaderos.”
El plazo para la
terminación de la obra se estimó en quince meses y el presupuesto no podía
superar sesenta y siete mil setecientas treinta y dos pesetas[2].
En las próximas entradas del blog, narraremos las
vicisitudes que ocurrieron con la construcción de la escuela.

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